2026-03-28 08:22:46 - MUNDO
El hongo Sporothrix brasiliensis representa hoy una preocupación emergente en América Latina por su creciente transmisión de animales a humanos. Aunque el género Sporothrix se conoce desde hace más de un siglo, en años recientes se identificó esta variante particularmente virulenta (se disemina más rápido). Su aparición cambió la forma de entender la esporotricosis, conocida como “enfermedad del jardinero”, que afecta sobre todo a gatos macho, según especialistas.
Este hongo provoca en gatos lesiones cutáneas que no cicatrizan y pueden convertirse en úlceras o nódulos, sobre todo en el rostro, además de inflamación en las patas que dificulta el movimiento; en casos graves, afecta los pulmones y causa problemas respiratorios y letargo. En humanos, se manifiesta con heridas en la piel similares a las de los animales, así como inflamación dolorosa de los ganglios linfáticos al propagarse por el sistema linfático.
A continuación te explicamos qué es este hongo, cómo se transmite, en qué países predomina y cuáles son los mitos a su alrededor.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la esporotricosis es una infección frecuente en climas tropicales y subtropicales, aunque también aparecen casos esporádicos en regiones templadas. La causa son distintos hongos del género Sporothrix, entre ellos S. schenckii, S. globosa, S. mexicana y S. brasiliensis. La mayor cantidad de casos se concentra en Centroamérica y Sudamérica.
El primer caso clínico de esporotricosis cutánea se publicó en 1898 por Benjamin Schenck. Sin embargo, S. brasiliensis permaneció sin identificación hasta 2007. Durante décadas, S. schenckii se consideró la única especie responsable de esta enfermedad granulomatosa —una afección en la que el cuerpo forma pequeños bultos de defensa al detectar un agente extraño—. Esta idea cambió a inicios de los años 2000, cuando los estudios moleculares permitieron reconocer nuevas especies.
“Durante más de cien años la comunidad científica atribuyó todos los casos a una sola especie: Sporothrix schenckii. Pero gracias a análisis de ADN más precisos, un grupo de investigadores confirmó la existencia de distintos organismos dentro de ese grupo”, explica Héctor Mora Montes, doctor en Ciencias y responsable del Laboratorio de Inmunoglicobiología de Hongos en la Universidad de Guanajuato. “De esa reclasificación surgió Sporothrix brasiliensis: una especie distinta, más agresiva y con una capacidad que sus parientes no presentan. El problema radica en que este hongo encontró una nueva vía de transmisión”.
En ese sentido, S. brasiliensis se considera un patógeno fúngico emergente que puede transmitirse a través de un modo zoonótico (de gato a humano) y enzoótico (de gato a gato o de gato a perro) con potencial epidémico.
A diferencia de la transmisión tradicional —asociada con el contacto con materia vegetal en descomposición como espinas y tierra contaminada—, S. brasiliensis tiene la capacidad de propagarse entre animales y de estos, hacia las personas. En este escenario los felinos se han posicionado como el principal vector de contagio debido a sus hábitos y a la facilidad con la que pueden transmitir el hongo a través de rasguños, lesiones o incluso secreciones.
“Sporothrix brasiliensis muestra una preponderancia de transmisión por gatos en lugar de transmisión sapronótica (donde el agente patógeno se multiplica en el medioambiente sin necesidad de un huésped animal) como en otras especies de Sporothrix. Este hongo ahora tiene esa peculiaridad de transmitirse de un individuo infectado a uno sano, cuando antes la única ruta de contaminación era al manipular materia vegetal; de ahí incluso el nombre de esporotricosis o enfermedad del jardinero”, apunta el especialista.
De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), S. brasiliensis tiene presencia en distintas regiones de América Latina, principalmente en Brasil, seguido por Argentina, Paraguay y Chile.
Un artículo de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos (NLM, por sus siglas en inglés) refiere que, desde las primeras observaciones registradas, alrededor del año 2000, de infecciones por este hongo, suman más de 12,000 casos en Río de Janeiro. A partir de 2018 se han documentado casos en al menos diez estados brasileños, incluídos São Paulo, Rio Grande do Sul, Rio Grande do Norte, Mato Grosso, Minas Gerais y Paraná.
“No fue sino hasta 2015 que se reportaron los primeros casos humanos comprobados de S. brasiliensis fuera de Brasil. (En ese entonces) hubo cuatro casos de pacientes que vivían en el noroeste de la ciudad de Buenos Aires que tuvieron contacto con gatos domésticos infectados entre 2011 y 2014. En Paraguay, en 2017, se reportaron dos casos probables en gatos enfermos traídos de Brasil por sus dueños. Se detectaron casos sospechosos o posibles en Bolivia, Colombia y Panamá”, se lee en el estudio de la NLM.
Recientemente en Uruguay se confirmó la presencia de S. brasiliensis. A finales de febrero de 2026, investigadores del Instituto de Higiene (IH) del país ratificaron la aparición del hongo en su territorio; un hallazgo que se produjo tras el análisis de un brote intrafamiliar ocurrido un año antes, donde una familia y sus mascotas resultaron afectadas.
Aunque inicialmente el brote se vinculó con la adopción de un gato callejero proveniente de Brasil, Elisa Cabeza, profesora adjunta de la Unidad Académica de Parasitología y Micología del IH, estima que el hongo ya circulaba previamente en el país. La conclusión se apoya en la detección de múltiples casos de felinos afectados en los departamentos de Maldonado y Rocha que no presentan un nexo epidemiológico directo con el caso inicial.
Respecto a México, hasta ahora no hay casos documentados. El Sabueso contactó tanto a la Secretaría de Salud como al Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) para conocer si tenían registros o información de contagios de Sporothrix brasiliensis. La primera dependencia no respondió a la solicitud. La segunda entidad contestó: “No tenemos reporte de la presencia de ese hongo en el país. No hay notificación alguna de esta enfermedad”.
Para Mora Montes, aún quedan muchas piezas por resolver para entender por completo el escenario epidémico asociado con Sporothrix brasiliensis. El estilo de vida de estos animales resulta clave, señala, ya que sus hábitos ayudan a explicar su papel como transmisores de la esporotricosis.
Entre ellos destacan el deambular en espacios cercanos a las viviendas, afilarse las uñas en el entorno, orinar en contacto con la tierra, así como las conductas de apareamiento y las disputas territoriales. Estas últimas suelen terminar en mordeduras y arañazos que facilitan la propagación del hongo a otros huéspedes susceptibles.
Además, los gatos figuran entre los animales de compañía más comunes y mantienen un contacto estrecho con las personas. También actúan como depredadores de roedores. Una de las hipótesis plantea que los felinos adquirieron la infección tras ingerir ratas, lo que pudo permitir la adaptación del hongo a la saliva del gato.
“La saliva animal presenta condiciones similares a las del material vegetal fermentado, lo que respalda la teoría sobre el cambio de hospedador de Sporothrix, de plantas a animales (…). Se trata de una enfermedad que afecta principalmente a machos, no por razones hormonales, sino por sus hábitos. En general, pelean por el cortejo de las hembras y, en esos enfrentamientos, transmiten el hongo con las garras. Lo mismo ocurre con los humanos cuando reciben arañazos”, añade el doctor en Ciencias.
La NLM advierte que el aumento sostenido de la temperatura, asociado al cambio climático, favorece la adaptación de los hongos. Este proceso amplía el número de especies capaces de sobrevivir a la temperatura del huésped, una característica esencial para su virulencia y capacidad de causar la enfermedad. En consecuencia, el calentamiento global y las transformaciones climáticas relacionadas explican, al menos en parte, el incremento notable de la esporotricosis y de otras infecciones fúngicas emergentes.
Para los animales, el especialista describe signos tempranos: pequeños bultos bajo la piel —ganglios linfáticos cargados de células fúngicas— y deformaciones alrededor de la nariz que, con el tiempo, evolucionan hacia ulceraciones. “Son manifestaciones que podríamos confundir fácilmente con otro problema”, resalta.
En humanos, la forma más común es la llamada “lesión caminante”. Se inicia como una pequeña inflamación en la yema de los dedos —parecida a una picadura de mosquito— que no sana. Semanas después, aparece una segunda lesión en el dorso de la mano, luego una tercera en el antebrazo y así sucesivamente, moviéndose a través del sistema linfático.
Si la infección alcanza el torrente circulatorio y se disemina, la tasa de mortalidad se eleva considerablemente. “Afortunadamente, la mayoría de los casos no llegan a ese nivel”, matiza el doctor en Ciencias, “pero sí puede suceder”.
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El antifúngico de elección sigue siendo el itraconazol, un medicamento relativamente accesible y que en el sector salud puede obtenerse de forma gratuita. El problema es la duración: el tratamiento requiere entre tres y seis meses de ingesta diaria —dos pastillas—, y la adherencia es un desafío. En los gatos, el itraconazol no siempre es bien tolerado, lo que obliga a recurrir a la anfotericina B, un antifúngico más potente pero también más tóxico, que exige hospitalización y monitoreo constante.
“La cuestión de la anfotericina B es que no es un tratamiento ambulatorio, es decir, hay que darlo dentro de una clínica porque puede afectar el riñón; hay que estar monitoreando los signos vitales. Es un antifúngico muy eficaz, pero muy tóxico también. Entonces, incrementa los costos”, menciona.
No obstante, a esto se suma una señal de alarma creciente; ya existen cepas del hongo resistentes al itraconazol, e incluso a la anfotericina B. La investigación actual explora combinaciones de antifúngicos y moléculas alternativas, aunque Mora Montes advierte que esa información todavía no está consolidada para uso clínico general.
De igual manera, la esporotricosis canina se ha documentado en pocas ocasiones. No obstante, entre 2004 y 2014, en Brasil se identificaron más de 200 casos asociados a S. brasiliensis. A pesar de ello, los perros no se consideran una fuente de infección para humanos por esta especie, y hasta ahora no existen registros de transmisión de esporotricosis de perros a personas.
A diferencia de los gatos enfermos, los perros presentan una baja carga de células de levadura en las lesiones. Para el tratamiento de la esporotricosis canina, los fármacos más utilizados son el itraconazol oral, el ketoconazol y el yoduro de potasio.
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